LIBERTAD Y AUTOCONOCIMIENTO

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    TENER PACIENCIA CON UNO MISMO

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    Francisco de Sales

    Mensajes : 132
    Fecha de inscripción : 05/06/2012

    TENER PACIENCIA CON UNO MISMO

    Mensaje  Francisco de Sales el Jue Jun 18, 2015 10:28 am

    TENER PACIENCIA CON UNO MISMO


    En mi opinión, casi todos pecamos de la misma cosa: de una falta de paciencia con uno mismo y un trato que no siempre es tan amable como debiera ser (Y sí sabemos hacerlo, porque somos amables y pacientes con el prójimo…)

    La verdad es que casi siempre nos exigimos por encima de nuestras posibilidades, y esto, que pudiera y debiera ser un acicate, un estímulo para dar un poco más, en la mayoría de los casos se nos vuelve envenenado y adquiere una cualidad opuesta a la que necesitaríamos.

    En vez de forzarnos a esforzarnos un poquito más, lo que hace es atacar directamente a nuestra paciencia y convertirla en impaciencia; y al no obtener resultados inmediatos, enseguida buscamos el modo de culpabilizarnos, menospreciarnos, ponernos cara de enfado, enojarnos contra nosotros y cuanto nos rodea, quejarnos porque somos así, preguntarnos por qué somos así, lamentarnos amargamente y condenarnos a la inutilidad, sacar al crítico exigente que nos habita para que nos apuñale… en fin, cada uno sabe cómo es su proceso, pero más o menos son todos similares.

    Nos falla, en muchos casos, el amoroso cuidado con que tratamos a los niños –por ejemplo-, y la paciencia y las oportunidades que a ellos les concedemos. Con nosotros, no somos así. No hay buen trato. En seguida aparece una severidad innecesaria, se reactiva una guerra que viene de lejos, nos ponemos las gafas de verlo todo negativo, o nos sale un “¡cuándo aprenderé!” que viene cargado de ponzoña.

    En cambio, lo adecuado, lo ético, lo honrado, lo justo, sería dedicarnos el máximo de cariño, el más esmerado cuidado, y la paciencia más infinita. No sé por qué nos cuesta tanto tratarnos bien, con delicadeza. Con el cuidado exquisito con que quisiéramos ser tratados.

    No sé por qué no nos abrazamos con mimo y no nos acogemos cálidamente en nuestro propio regazo.

    No sé por qué nos cuesta tanto firmar la paz y llegar a un acuerdo de colaboración mutua –yo conmigo-, instaurando unas bases de concordancia amables en que todas las partes que nos integran dejen de estar disgregadas, dejen de estar luchando cada una por sus personalísimos intereses, los egos claudiquen en aras de una convivencia interna en paz, y todos los elementos que nos componen miren en la misma dirección y por el bien personal.

    Si hay alguien que necesita cariño más que nadie, es uno mismo.

    Y quien no esté de acuerdo, que investigue. Que se mire por dentro. Que sea un mal llamado “egoista” y mire a ver si no es cierto. Pero, eso sí, que sea honrado y justo. Que se quite de la cabeza, por lo menos por un momento, esa idea de que mirar por uno mismo es de una egolatría perversa y desalmada que sólo merece el infierno.

    Dios, o quien para cada uno sea su Creador, nos da una vida que nos obliga a estar con uno mismo hasta el final de esa vida, todos los días a todas horas y en todas las circunstancias; nos concede la opción de una existencia armónica… ¿y uno se atreve a contravenir las condiciones lógicas de convivencia y se convierte en su propia zancadilla? Eso se llama masoquismo. También se puede llamar injusticia o aberración. O crueldad. O injusticia.

    Uno mismo, una misma, es su más preciado tesoro. Y que nadie lo dude.

    Y no es una postura injusta ni un pensamiento del ego. Quien no se tiene a sí mismo no tiene nada.

    No lo sé, sólo lo supongo, pero tal vez el sentido de la vida sea la reunificación consigo mismo cuando se tienen desaciertos y desacuerdos –que siempre se tienen-, y quizás cada uno deba vivir el arquetipo del hijo pródigo, y cuando se ha marchado de sí mismo y se da cuenta de que quiere volver, deba estar esperándose con los brazos y los abrazos abiertos, y acogerse sin preguntas ni reproches, y recomenzar de nuevo la vida en su propia compañía. Entonces es cuando uno ha de transmutarse y dejar de ser el hijo pródigo para convertirse en el padre misericordioso que se acoge sin condiciones.


    ¿Cómo me trato a mí mismo?

    ¿Cómo me comporto cuando descubro algo de mí que no me gusta?

    ¿Cómo es mi relación conmigo entonces?

    ¿Simplemente me soporto o me amo?


    Conviene no olvidar que, en mi opinión del día que escribo esto, uno siempre esté buscando su propio amor aunque lo busque en otras personas o a través de ellas.

    Conviene observar si el amor que recibimos de los otros acalla nuestra reclamación de amor propio, pero, en cambio, no somos capaces de amarnos con la misma intensidad que sí lo hacen otros. Darse cuenta de esto y reconocerlo sería un excelente comienzo para otra relación más sincera, más auténtica, como debe ser.

    Mientras resuelves todo lo que te haya provocado esta lectura, ten paciencia contigo.


    Te dejo con tus reflexiones…

    Francisco de Sales es el creador de la web www.buscandome.es orientada al Desarrollo y Crecimiento Personal y Espiritual de las personas interesadas en el mejoramiento de su vida.



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